La vida pasa, el cóndor pasa, la uva… pasa. Lo que queda son las historias que repetimos una y otra vez: alrededor de una mesa, con el mate en la mano y el celular lejos, sonando de fondo alguna lista de “tradiciones” que uno mismo inventa.
Hace poco volví al campo familiar cerca de Cunco. La casa que mi abuelo construyó dejó de ser celeste y ahora es casi blanca. Esta vez fui solo: sin mi papá, sin la rutina de acompañarlo al sur. Volvieron escenas antiguas —la última despedida, las lágrimas que aguanté mirando a otro lado— y entendí que a veces el cuerpo sabe antes que la cabeza cuándo algo es “la última vez”.
Fueron tres días de mate, carioca, gallinas, perros y, sobre todo, relatos. Mis parientas son narradoras profesionales sin saberlo: una lanza una anécdota, la otra la retoma y la reescribe a su estilo. Entre chistes y recuerdos, reaparecieron historias que ya son parte del ADN familiar: la crema que me unté entera en el cuerpo de la tía Chilita, el “café de pollo” que descubrí a los cinco años cuando me dieron consomé.
Ellas cumplen el rol de memoria viva. Yo, en cambio, suelo ir por la vereda opuesta: me guardo muchas cosas, me edito, y si nadie pregunta, no cuento. Tal vez por eso este periodo de silencio se acaba aquí. Me propuse usar este espacio para hablar de memoria, de libros familiares, de proyectos raros y entrañables, y también de mis obsesiones laterales: psicología, muerte, humor absurdo, cultura pop, cine, retrofarándula, estados alterados de conciencia, espiritualidad y Farrah Fawcett.

Al final, todo se junta en lo mismo: cómo nos contamos lo que vivimos. Disfruto entrelazar relatos ajenos, acompañar cada viaje y, de paso, mostrar un poco de lo que yo me cuento a mí mismo. Si vieron The Leftovers, sabrán de qué hablo: ese caos hermoso que insiste en que somos, en gran medida, la historia que elegimos narrar para seguir adelante.
También el cerebro se las ingenia para explicarse lo que no entiende. Pasa con la hipnagogia, esa sensación de que nos caemos justo cuando estamos quedándonos dormidos y el cuerpo se sacude: al relajarse los músculos, el cerebro interpreta “peligro, caída” y nos despierta de golpe. Con los recuerdos hacemos algo parecido: rellenamos huecos, ordenamos, elegimos un sentido.
Quizás por eso he pasado tantos años escuchando historias de otros y ayudando a más de un centenar de personas a ponerlas por escrito: familias que quieren un libro para sus hijos y nietos, personas que prefieren dejar el manuscrito guardado como un tesoro para más adelante, empresas que necesitan recordar por qué empezaron. A veces la conexión es tan honda que se siente en el cuerpo: cuando alguien comparte una verdad grande, se nota en la voz, en la respiración, en el silencio que queda después. Para quien habla es catártico; para mí, una corriente que atraviesa y se queda.
Hace poco, un cliente que lanzó el libro de sus memorias me dijo algo que se me quedó pegado: que le había resultado fácil mostrarse “ni muy bueno ni muy malo”, simplemente como alguien que intenta hacerlo mejor cada día; que sentía que yo había escuchado de verdad, y que eso se notaba en cómo el libro contaba su vida. Ese tipo de confianza no se da por sentado.
Escribir memorias no es solo dejar un registro bonito. Es ordenar lo vivido, entender un poco mejor de dónde venimos y ofrecerle a otros un mapa emocional para el futuro. También es un acto práctico: si tú no cuentas tu historia, alguien más la contará por ti… o se perderá.
Durante años pensé que la vida era más bien fome y predecible. Ahora cada día trae algo que me desmiente. Me quedo con la frase de un cliente que antes me sonaba a viejo cu…rioso: “cada día tiene su afán”. Me interesa escuchar vidas reales, no versiones de molde.
Si tienes una historia que merece quedar por escrito —la tuya, la de tu familia o la de tu empresa—, podemos trabajarla juntos. Yo pongo el oído, las preguntas incómodas y la estructura; tú traes la vida vivida. El resultado puede ser un libro impreso, un manuscrito para compartir en privado o un relato que marque un antes y un después. Cuando quieras, aquí estoy para ayudarte a recordar y escribir lo que de verdad importa.